Diez retratos de la desigualdad

D. Marín, I. Martínez y M. J. Pérez

Viernes, 7 de marzo 2025, 20:34

El empuje feminista ha hecho que se resquebrajen algunos techos de cristal que parecían irrompibles. Cada vez hay más mujeres políticas, empresarias, abogadas, juezas. Sin embargo, bajo la espuma de los grandes nombres y de los oficios de relumbrón, se oculta una realidad ingrata a la que rara vez se mira. El peso de los cuidados a los más vulnerables (niños, ancianos, discapacitados) sigue recayendo casi por entero sobre espaldas femeninas, tanto en el hogar como en el trabajo. María Jesús, Inmaculada, Mariluz, Mireia… Todas ellas atestiguan la dedicación de un buen número de mujeres a labores por lo general exigentes, fatigosas y mal retribuidas, pero insustituibles. En sus respectivos territorios los hombres son especies exóticas, aunque siempre hay pioneros como Pablo y Rumen, dispuestos a demostrar que no hay oficios masculinos y femeninos, solo trabajos honestos, imprescindibles para que nuestra sociedad -tan envejecida y asfixiada de urgencias- funcione.

Inmaculada Alcantuz Fernández Cuidadora de dependientes

«Intento hacer mi trabajo ameno. Les hablo, bromeo para lograr cercanía


J. Rodríguez

María José Pérez

Inmaculada Alcantuz trabajaba de dependienta aunque desde pequeña siempre había deseado hacer «algo relacionado con la sanidad». Hace diez años se quedó en el paro y pensó: «Me voy a reinventar». Siguió los consejos de su cuñado y una amiga, y se preparó para dedicarse al cuidado de los demás. Ahora es feliz a pesar de que tiene un trabajo «duro tanto física como psicológicamente, pero a mí me gusta. Lo malo es si lo haces sólo por un sueldo».

Las personas con las que trabaja tienen distintos grados de dependencia. Por ejemplo, supervisa el aseo y acompaña al instituto a un adolescente autista, pero en otros momentos asiste a enfermos con deterioro cognitivo, hemiplejías, parálisis cerebral… Según el caso requieren unos cuidados u otros: «El aseo, la limpieza de la casa, el paseo, acompañamientos, etc.», explica. Para que todo funcione bien, intenta hacer su trabajo «ameno. Hablo con ellos, bromeo». Trata de establecer «cercanía para que estén a gusto, ellos y yo». Esa actitud le da buenos resultados. «Me siento muy valorada y querida por todos: los usuarios, los familiares y mis supervisoras», dice con una sonrisa.

«Este es un trabajo duro física y psicológicamente, pero a mí me gusta. Lo malo es si lo haces sólo por un sueldo»

Inmaculada es consciente de que el suyo es un trabajo feminizado. De hecho, en su empresa todas las cuidadoras son mujeres. «Es un tema que ha estado enfocado a la mujer. El cuidado y la atención siempre han recaído en nosotras, quizá por una cuestión más social y cultural que por otra cosa», afirma.

María Jesús Segura Zapata Auxiliar de enfermería

«Cada día estoy más orgullosa y contenta del papel que hago: ayudar»


Justo Rodríguez

Diego Marín Abeytua

María Jesús Segura Zapata, logroñesa de 61 años, había trabajado en hostelería y en una fábrica textil hasta que tuvo que cuidar a su padre enfermo. «No sabía si podía valer para esto y me quedé con la espina de si era posible adquirir conocimientos y ayudar a mi familia», recuerda María Jesús. Así, se formó primero en el CEPA Plus Ultra y después como técnico auxiliar de enfermería cursando el ciclo formativo de grado medio en el IES Duques de Nájera de Logroño.

«Va en la persona. Da igual ser hombre o mujer, aunque hayamos ejercido siempre nosotras, así que no sé si cambiará»

Aunque, curiosamente, había trabajado en la cafetería del Hospital San Millán, comenzó a ejercer como auxiliar de Enfermería en una residencia de personas mayores. «Así empecé, y cada día estoy más orgullosa y contenta del papel que hago: ayudar. Me voy muy contenta cada día a casa», reconoce María Jesús. Después, en plena pandemia empezó a trabajar en el departamento de Enfermedades Infecciosas del Hospital San Pedro, pero actualmente forma parte de la unidad de Obstetricia, atendiendo a los recién nacidos. Allí las mujeres son inmensa mayoría. «Empieza a verse algún chico y vienen con muchas ganas. Muchas veces los confunden con doctores y a nosotras, con enfermeras. Siempre ha sido así. Nadie nos reconoce como auxiliares de Enfermería», lamenta María Jesús.

Para ella, esta profesión, los cuidados y atenciones personales, aunque están muy feminizados, «van en la persona, da igual ser hombre o mujer, aunque hayamos ejercido siempre nosotras, así que no sé si cambiará».

María Luz Soto Limpiadora

«Somos las propias mujeres las que buscamos mujeres para limpiar»


J. Rodríguez

Inés Martínez

Mariluz Soto lleva limpiando en hogares unos 16 años. Antes tuvo otro empleo completamente diferente, en una gasolinera y se define como muy inquieta. «Eso de esta quieta no va conmigo», explica. De hecho, mientras trabajaba se sacó el título de parafarmacia, porque le gusta estar formada. Comenzó a trabajar en la casa donde limpia, como ocurre muchas veces en estos casos, a través de unos conocidos y está muy contenta porque, además, tiene contrato. Algo poco habitual en su profesión, donde la mayoría de las veces se cobra en negro.

Mariluz tiene clara su opinión de por qué hay más mujeres en el sector de la limpieza de hogares: «Somos las propias mujeres las que buscamos mujeres, no buscamos hombre para limpiar. Tendríamos que empezar por ahí. Supongo que sí que habrá hombres que quieran hacerlo».

Es, además, algo pesimista respecto a si las cosas pueden cambiar: «No va a cambiar. Es mi percepción». Porque ella, lo que ve, es que no hay hombre limpiando casas. «Sí que veo limpiando portales, con las máquinas enceradoras o limpiando cristales, pero poco más. Empleadas de hogar no», explica.

Mariluz cuenta que los trabajos que tradicionalmente se han asignado a las mujeres no van del todo con ella: «Una vez me apunté para hacer algún curso de formación en el INEM, y lo que me ofrecían solo era costura». Ella prefería hacer mecánica, pero le dijeron que no. De eso hace tiempo y las cosas van cambiando, pero analiza que nos sigue sorprendiendo ver a una mujer mecánica, por ejemplo. «Yo cambio ruedas, a mi me encantaría un trabajo así, pero no se nos ve en ese perfil», asegura. Y explica que el tema de la fuerza no es una excusa. «Hoy en día con la maquinaria que hay no es necesaria tanta fuerza en los trabajos como mecánica o albañil», aclara.

María Cegarra Requena Maestra en colegio

«Soy maestra de manera totalmente vocacional. Mi tía lo era e iba con ella»


Justo Rodríguez

Diego Marín Abeytua

«Soy maestra de manera totalmente vocacional», confiesa María Cegarra Requena. Nacida en Haro hace 37 años y residente en La Unión de los Tres Ejércitos (Clavijo), trabaja en el colegio Nuestra Señora del Buen Consejo (Agustinas) de Logroño como maestra y tutora en el segundo ciclo de Educación Infantil. Y lo hace cada jornada con la ilusión del primer día, proponiendo proyectos como el innovador de asistencia educativa con perros, algo que encanta a los alumnos. «Me gusta ser maestra porque me encanta estar con niños, verles crecer, aprender y, sobre todo, verles jugar, ver su inocencia y verles sonreír», reconoce María, que también es madre.

«Mi tía era maestra en Madrid y siempre que podía iba con ella. Desde entonces supe que me gustaría dedicarme a eso cuando fuera adulta», recuerda María. Por eso se graduó en Educación Infantil y Primaria por la Universidad de La Rioja, especializándose en Pedagogía Terapéutica.

«El cuidado a otras personas, en especial a niños, es algo que tradicionalmente siempre iba ligado a la mujer»

La profesión está muy feminizada, si bien cada vez más hombres se incorporan a la misma. «Creo que el cuidado a otras personas, en especial a niños y niñas pequeños, es algo que tradicionalmente siempre iba ligado a la mujer, culturalmente es algo que se ha ido trasladando de año en año», considera María. Pero ella es consciente de que esa situación está cambiando. «Cada vez hay más hombres que estudian y se dedican a esta profesión. Tengo muchos compañeros maestros y es una maravilla verles trabajar», expone María.

Mireia Madinabeitia Vico Maestra en guardería

«Siempre me han gustado los niños. Veía a los profesores y yo quería serlo»


Justo Rodríguez

Diego Marín Abeytua

Mireia Madinabeitia Vico es maestra en la guardería La Casita de Coco, de Logroño. «Siempre, desde pequeña, me han encantado los niños. Veía a los profesores y yo también quería serlo. Algo en mí me decía que me gustaría», recuerda Mireia. Empezó el grado de ADE, pero cambió y se graduó en Educación Infantil por la Universidad de La Rioja. A sus 24 años, y tras haber trabajado también como camarera, declara que le encanta «ayudar a los niños a que crezcan lo mejor posible porque es superagradecido». Con ella aprenden los colores, los días de la semana, los meses, las estaciones… y un poco de inglés. También celebran los días especiales, así que describe su trabajo como «divertido».

«Por costumbre social se ha pensado que la docencia infantil es cosa de las mujeres, pero no es bueno para la igualdad»

El suyo es un sector en el que los hombres prácticamente ni existen. «Por costumbre social se ha pensado que la docencia infantil es cosa de las mujeres, pero eso no es bueno para garantizar la igualdad. Deberíamos dejar de pensar en hombres y mujeres y pensar solo en personas», propone Mireia. Y aunque cree que se ha avanzado mucho en la sociedad española desde la incorporación de la mujer al trabajo, «seguimos en proceso de mejora».

«Las familias también demandan que seamos las mujeres las maestras y a veces hasta se ve raro que lo sean los hombres, pero una figura masculina en la educación infantil es muy positiva. Deberían tener las mismas oportunidades porque, si no, se deja ver a la mujer como única responsable del cuidado de los niños», reflexiona Mireia Madinabeitia Vico.

Nerea Moreno Briongos Cuidadora de niños

«Los padres no exigen que cuide a sus hijos una chica, lo dan por supuesto»


Justo Rodríguez

María José Pérez

Nerea Moreno Briongos es joven, tiene 29 años, pero acumula una notable experiencia en el cuidado de niños. Comenzó a hacerlo con 19, cuando estudiaba Trabajo Social. Después se sacó la certificación profesional para dedicarse laboralmente a algo que en su caso es «absolutamente vocacional».

Tanto en los estudios como en el mercado laboral ha comprobado que las mujeres son una mayoría abrumadora. «Es una profesión muy sexualizada», reconoce. Aunque aclara que, en muchas ocasiones responde «a la decisión del propio cliente». En el caso del cuidado de los niños «los padres no exigen que sea un chica», sin embargo, «lo dan por supuesto; no esperan que sea un hombre». No es extraño, por tanto, que muchos chicos «ni lo intenten». Es una cuestión generalizada en la ayuda a domicilio: «Las personas mayores consideran que ser atendidos por un hombre, sobre todo en aspectos como el aseo, es algo invasivo».

«A los niños les resulta indiferente el sexo de quien los cuida, ellos prefieren que sean personas jóvenes»

En el caso de los niños que son cuidados por personas ajenas a su familia «les resulta indiferente el sexo» de quien se ocupa de ellos. En general, son labores de «recogida en el colegio, llevarles a casa, darles la merienda, asearlos. O a la inversa, cogerles para llevarles al cole…», explica. «Ellos lo que sí prefieren es que sean personas jóvenes». De hecho, en bastantes ocasiones quienes se han dedicado a la ayuda a domicilio con los pequeños de la casa (generalmente hasta los 12 años) pasan después a la atención de ancianos.

Araceli Lorenzo Requerei Cuidadora de ancianos

«Somos más de cien en la empresa, casi todas mujeres y sólo algún hombre»


Justo Rodríguez

María José Pérez

«Estuve cuidando a una persona desde que tenía 85 años hasta que murió con 105. Y siempre estaba tan contenta». Ese es uno de los recuerdos de Araceli Lorenzo Requerei, dedicada desde hace casi 24 años a la ayuda a domicilio, en la que su mayor número de clientes han sido y son ancianos. «Ahora también llevo por la mañana al colegio a una niña con discapacidad», precisa. Después es el turno de los mayores que, curiosamente, «son la mayoría mujeres que están solas porque en muchos casos enviudaron». Mujeres como quienes las atienden. «Algunos hombres hay en la ayuda a domicilio, pero los menos. Somos más de cien en la empresa, casi todas mujeres», explica. Ellos suelen encargarse de otros hombres que a ellas les plantean más dificultades.

«Nos ocupamos de que coman, de que se tomen las pastillas, se duchen… porque si fuera por ellos no harían nada»

Las labores, en cualquier caso, son las mismas: «Nos ocupamos de que coman, de que se tomen las pastillas, se duchen… porque si fuera por ellos no harían nada». No sucede así con todos, claro, pero su experiencia le permite afirmar que en muchos. «Nos ocupamos de cosas tan básicas como ventilar la casa», continúa, «de hacerles las compras básicas. Incluso tenemos cuidado de lo que gastan». Y si lo necesitan «también se les hace la comida», intentando que mantengan unos buenos hábitos alimenticios.

Con 58 años cumplidos este viernes, tiene claro que seguirá trabajando en lo mismo y quién sabe si podrá cuidar hasta el final a una persona «con la que llevo desde que empecé y que ya no sale de casa».

Sandra Martínez Santibáñez Gobernanta

«Sólo recuerdo a un hombre en este trabajo y apenas duró una semana, no sé por que»


J. Rodríguez

Diego Marín Abeytua

Sandra Martínez Santibáñez es gobernanta en el Hotel Gran Vía de Logroño, se encarga de la limpieza y el mantenimiento de las habitaciones. Ella adecenta y suministra toallas, sábanas y accesorios (jabón, caramelos…) a las habitaciones. Logroñesa de 50 años, lleva 24 años trabajando allí, si bien antes ejerció de dependienta en la pastelería Garpesa. «Entré por mediación de una compañera. Necesitaba trabajo, me hicieron una prueba y la pasé», recuerda Sandra Martínez.

En la plantilla de limpiadoras todas son mujeres y Sandra sólo recuerda a un hombre que trabajó apenas unos días con ellas hace ya años. «Creo que no llegó a la semana, no sé por qué», recuerda Sandra. «Yo a veces también me pregunto por qué somos sólo mujeres, algún chico también podría trabajar con nosotras, pero no sé por qué sucede realmente. Igual, porque siempre se asocia la limpieza a las mujeres», expone la gobernanta del Hotel Gran Vía. En cualquier caso, Sandra se muestra satisfecha con su labor.

«Yo estoy contenta. Trabajamos cinco días y libramos dos. Nos llevamos muy bien entre todos los compañeros, desde los de recepción hasta los de cafetería, nos ayudamos si lo necesitamos», explica la gobernanta. Sandra también confiesa que al principio no se imaginaba cómo era trabajar en un hotel. «Trabajamos mucho, pero es divertido porque a veces te relacionas con la gente y es bonito», afirma.

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María José Elicegui Dorado Psicóloga en la Udiat

«Hemos crecido con unos roles de género. Tenemos menos visibilidad en la ciencia»


Maria José Eligegui.


Justo Rodríguez

Diego Marín

María José Elicegui Dorado, licenciada en Psicología por la Universidad de Salamanca, es la responsable de la Unidad de Desarrollo Infantil y Atención Temprana (Udiat) del Gobierno de La Rioja desde 2013. Logroñesa de 45 años, asegura que siempre le ha interesado «comprender el comportamiento humano, el desarrollo de los niños y contribuir a una sociedad más sana mentalmente, desde muy jovencita tuve claro que quería estudiar Psicología».

En la Udiat valoran a los niños de hasta 6 años que presentan dificultades en su desarrollo, tratan con las familias, determinan si hay trastorno o discapacidad y proponen tratamientos o intervenciones. «La idea es prevenir y paliar la dificultad en el desarrollo», explica María José. El ámbito es tan femenino que de nueve personas que componen la Udiat todas son mujeres. «Siempre hemos sido una inmensa mayoría, aunque cada vez hay más hombres. En Atención Temprana, en Logroño, conozco dos y uno es mi hermano», advierte María José. Pero ella considera que la presencia de la mujer en el ámbito de la educación y los cuidados es más una cuestión social. «Hemos crecido con unos roles de género, relacionando a las mujeres con tareas domésticas, de cura y educación, y al incorporarnos al mundo laboral hemos desarrollado profesiones relacionadas. Tenemos menos visibilidad en la ciencia o la industria, es algo estructural», opina Elicegui.

Rosana García y Silvia Afendulea Limpiadoras

«Los tiempos cambian. Ahora los hombres también hacen labores del hogar


Rosana García y Silvia Afendulea


Justo Rodríguez

Inés Martínez

Su trabajo requiere de organización, coordinación y pulcritud. Y de un buen madrugón. Rosana García y Silvia Afendulea se encargan de la limpieza de lugares de trabajo como oficinas o empresas, así que normalmente acuden antes de que lleguen el resto de trabajadores. Eso implica que muchos días a las seis de la mañana ya están ejerciendo su labor.

Ambas trabajan juntas y antes de comenzar dedican unos minutos a organizarse, dividirse las tareas y establecer prioridades y tiempos. Además, como reconoce Rosana, hay que estar muy ágil, pues el trabajo lo pide, algo que para ella no es un problema. Tiene 62 años y después de 8 dedicados a esta profesión ya tiene mucha habilidad. Tanta que no le saca pegas. «Igual un poco el madrugar, pero yo estoy muy contenta», explica.

Silvia lleva algo menos de tiempo como limpiadora, unos 7 meses, aunque ya había hecho trabajos similares. «A mí me gusta mucho, cada día es un reto. Y con lo de entrar pronto yo estoy encantada, de hecho le pedí a mi orientadora laboral que me buscara un empleo con este horario», explica.

Ambas reconocen que no es fácil ver a hombres haciendo esta labor. «Alguna vez se ve a alguno, pero no son jóvenes», cuenta Silvia. Aunque esperan que un día sea normal. «Los tiempos cambian, yo veo que mis hijos hacen lo mismo que sus parejas. De todo, y eso también llegará a este empleo», explica Rosana.

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